San Alberto Magno, Patrón de los Químicos

Hoy, 15 de noviembre, los Químicos celebramos el día de nuestro patrón: San Alberto Magno. ¿Y quién era?, os preguntaréis.

Fue un filósofo, sabio y teólogo alemán (Lauingen, Suabia, alrededor 1200 – Colonia, 1280), doctor de la Iglesia desde 1931.

Alberto fue uno de los tres o cuatro grandes maestros del siglo XIII. Este fue el motivo por el que se le concedió el título de doctor universalis, título justificado tanto por el carácter enciclopédico de sus trabajos como por su deseo de abarcar toda la realidad. Alberto representa a la generación que en Occidente decidió el auge de las universidades.

En su adolescencia, Alberto de Boll-städt fue enviado por su padre, pequeño señor feudal, a las escuelas de Padua. Allí ingresó en la orden de los Frailes Predicadores, fundada recientemente. Después de haber enseñado en distintos conventos-colegios alemanes fue enviado en 1245 a la Universidad de París, centro irradiante en todo el Occidente cristiano de aquel tiempo, con el fin de dirigir una de las dos cátedras del colegio universitario de los dominicos. Fue allí donde, de 1244 a 1248 y mientras enseñaba teología, empezó la redacción de su enciclopedia científica y filosofía, tomando como base un estudio de Aristóteles, cuyas obras entraban de lleno en la enseñanza y en la alta cultura. La empresa era atrevida, sensacional incluso, por la novedad de su objeto y método y, sobre todo, porque la lectura pública de los escritos de Aristóteles había sido repetidas veces prohibida por la Iglesia.

De hecho, Alberto llegó a París en el momento en que, en una cristiandad agónica, se unían los elementos de la honda crisis en cuyo seno fe y razón iban a enfrentarse. Platón había sido asimilado por los padres de la Iglesia tanto en Occidente como en Oriente, en diversas síntesis que lo habían purificado de su idealismo, pero no del dualismo que incluía un cierto desprecio por la materia y el mantenimiento de un cierto desdén por el mundo y la experiencia terrena. Aristóteles, por su parte, había sido desvalorizado a causa del racionalismo de su teoría del conocimiento y del empirismo de su filosofía de la naturaleza. Gracias a las numerosas traducciones se presentó entonces como pasto de nuevas curiosidades, envuelto por el manto y los comentarios del filósofo árabe Averroes. Por una sorprendente coyuntura se manifestó en aquel momento la presencia intelectual y mística del pensamiento de los doctores griegos cristianos, en particular de Dionisio el Areopagita con su interpretación religiosa de la cosmogonia griega. Por fin se difundió, sobre todo en las órdenes mendicantes, la teología escatológica de Gioacchino de Fiore (1202). cuyo radical evolucionismo en la economía cristiana comprometía el valor de las instituciones terrenas. Alberto, rector de telogía en Colonia desde 1248 hasta 1254, comentó al mismo tiempo la Ética de Aristóteles y el tratado De los nombres divinos de Dionisio. Sincretismo que de formas múltipes se prolongó hasta el siglo XVI.

La intención de Alberto era patente: hacer comprensible para los latinos el rico depósito de las distintas materias enseñadas por Aristóteles, desde sus abundantes análisis biológicos hasta las especulaciones metafísicas. El desarrollo autónomo de las ciencias profanas adoptó todo su significado con este teólogo, que vio en él el pleno y sano equilibrio de la fe. La regla que se puso en práctica consistía en el respeto de los objetos estudiados, tratados individualmente según su inteligibilidad propia y la autonomía de su método. Tomas de Aquino, discípulo de Alberto, purificó el intento del eclecticismo que potenciaba una paráfrasis bastante libre, favorable a los concordismos propios de un temperamento místico. En efecto, la teología de Alberto está dirigida por una concepción afectiva de la fe y por una visión neoplatónica del universo, según la cual una participación dinámica de los distintos niveles de la existencia impulsa a todos los seres a volver a su Creador, asemejándose con progresiva perfección al bien del que emanan. En Alemania una larga sucesión de discípulos siguió en el siglo XIV este camino.

Como era de esperar, Alberto tropezó con apasionadas oposiciones incluso entre los suyos. Posiblemente éste fue el motivo por el que aceptó su designación para el obispado de Ratisbona (1260-1262). Pronto volvió a su enseñanza y a sus elevadas preocupaciones. Siguió viviendo en solidaridad con los conflictos, cuyo centro era la Universidad de París, motivados por la penetración del Estagirita y la expansión del averroismo debida a Siger de Bravante. En distintas ocasiones intervino en ellos, en particular cuando en 1277 los maestros parisienses condenaron un conjunto doctrinal de tendencia naturalista, que iba desde la literatura erótica hasta la antropología de Tomás de Aquino. El anciano maestro defendió el pensamiento y el honor de su discípulo. Fue éste su último acto público. Al regresar a Colonia perdió la memoria y se extinguió el 15 de noviembre de 1280.

Alberto dejó una obra importante, cuyo inventario acabó hace muy poco tiempo: comentarios a la Escritura, texto de base de la enseñanza teológica; comentrios al Libro de las Sentencias de Pedro Lombardo y a obras de Dionisio; colección de cuestiones discutidas recogidas en tratados y sumas; comentarios a Aristóteles y por fin, en su vejez, una generosa suma teológica. La historia póstuma de San Alberto Magno confirma, incluso con una excéntrica reputación, el prestigio de que se había rodeado: la leyenda lo convirtió en un mago descubridor de las fuerzas de la naturaleza, cuyos automatismos reconstruía y cuyas alquimias manipulaba.

Fuente: Larousse

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